25 de septiembre de 2012

Con tinta sangre del corazón

En plena oscuridad, no intento ahogar la carcajada que la "Cheves" me provoca con sus gestos. La carismática chamacona  sabe que nos tiene en la bolsa y se le nota lo mucho que disfruta estar en el escenario.

Por mi parte, ya relajada y  disfrutando como espectadora, aprovecho los  amelcochados díalogos de los protagonistas para fugarme, cual Homero Simpson, para comparar lo que observo con lo que acabo de presentar una hora antes en ese mismo escenario."Nacos" v.s. "Lisístrata".  Lino v.s. Lisístrata. Mi paso de actríz a directora, zigzagueando por el discreto oficio de la dramaturgia.

Pienso en mí a los quince años, participando en el mismo Festival de Teatro Universitario: Madre; Lino de niño; niña de la calle. Mis personajes en una historia colectiva que armamos en el TACO con la cual pasamos a la segunda ronda de eliminaciones. Una historia al estilo de Ismael Rodrìguez en Nosotros los pobres donde al protagonista le pasa de todo, combinado con texto de González Dávila donde no hay final feliz.

Nacos es una historia que pretende desmentir las historias rosas de las telenovelas, pero se mueve en la misma cancha: jóvenes ricos que se enamoran de unos pobres pero con un corazonsote. Aderezan la historia con un cuestionamiento sobre el ser naco y  la sobrevaloración que se le da a la apariencia, incluso para elegir Presidente de la República.

Regreso a los años noventa y recuerdo  cómo eran esas sesiones en las que todos aportábamos ideas para armar nuestras obras. Sin un profesor de teatro formal, nuestro monitor que era autodidácta, nos "tiraba línea" para llevar a la "crìtica social" nuestra historia.  

En Nacos, creo reconocer esa misma intenciòn de nuestro monitor en su director (autor de la obra). Me veo adolescente en esa compañía de teatro, convencida de estar "creando consciencia" en el pùblico. Los veo  salir  con un discurso que ya es suyo. Veo en ellos una pasión que no encuentro en los Lisístratos. No he encontrado la forma de generarles la necesidad de estar en un escenario que a  los Linos  (y a  los Nacos)  nos hacía  sentir que cualquier teatro era pequeño para mostrar lo que habìamos creado.

Pienso en mi Lisìstrata, adaptaciòn libre de la obra de Aristòfanes.  ¡¿?! ¿La hubiera montado a los quince años?, ¿Cuál es mi parámetro para elegir las obras que monto ahora?, ¿Con qué compañía de teatro me gustarìa trabajar?, ¿Los Nacos o los Lisístratos?,  ¿La experimentación o lo académico? Mi corazòn se divide.

Porque al igual que en los Nacos, reconozco el lado flaco de  la dramaturgia de mi amado Lino de los quince años. Veo en ellos mi visiòn del mundo y del teatro de  cuando tenìa puesta la camiseta de mi taller  de teatro que no era el oficial sino el que heredó un espacio cultural con el movimiento estudiantil del 87.  La nostalgia es grande. Con cuánto desdén mirábamos a los chavos del grupo de teatro oficial que montaban textos escritos por otros. Y quince años después, heme aquì, adaptando textos clàsicos para muchachos de escuela privada.

En algún momento los chicos me han pedido que escribamos una historia especialmente para ellos. Pero se me ponen los cabellos  de punta cuando sugieren algo como "Vaselina" o las Princesas en un talk show.  Piden tambièn Romeo y Julieta porque de oìdas -igualito que Joan Sebastian dice en su canciòn- les ha llegado la versión de  que es una historia romantiquìsima pero  se resisten  a creer que son  cinco actos en verso que hablan de la imprudencia de unos adolescentes.

Ante tales propuestas, mi pluma prefiere el silencio. Pero tengo la esperanza de montar al primer descuido de mis jóvenes reguetoneros, algo de Lorca,  Moliére o Darío Fo. Mi bandera rojinegra-combativa le apuesta al teatro escrito (¡ah, porque el teatro también se escribe y merece un salario! ¡Ja!)  y la camiseta que hoy porto trae estampada la  gota que escurre de esos tinteros.




























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