5 de septiembre de 2012

Con la garra agüitada

El ausentismo por parte de los profes en nuestra entrañable casa de estudios, la UNAM,  parece ser una maldición gitana que nos ha perseguido desde hace muchos años. Sin embargo, en los últimos tiempos, las nuevas generaciones de Pumas preuniversitarios, por alguna razón, han resentido con mayor fuerza este abandono por parte de sus académicos.

En mis tiempos de ceceachera, recuerdo que los profes faltaban y uno sentía cierta molestia (sobre todo cuando te habías desvelado haciendo la tarea), pero a veces también se sentía cierto alivio (cuando no la habías acabado chido y todavía podías mejorarla) y la mayor parte de las veces, no pasaba a mayores porque en el CCH-OTE, siempre había algo que hacer.

Archivo:CU-Mexico-rectoria-1.jpg


Sin embargo, en la universidad aquellas ausencias si llegaron a mermar nuestro estado de ánimo.  Abollaron  las espectativas que  generaba estar en un aula de la meritita CU. Recuerdo perfectamente la emoción de haberme quedado en mi primera opción, que además, era una carrera de alta demanda. Llegué con mi joven corazón a las puertas de la facultad  de Filosofía y Letras ansiosa por comerme el mundo a mordidotas.

Con el transcurso de los meses y luego de los años, ese entusiasmo se fue apagando  ante lo que a mis ojos resultaba una ironía de la vida: los profesores que también daban clases en otras universidades  (públicas o privadas), nos aseguraban que éramos sus mejores estudiantes. Pero todos ellos, sacrificaban nuestras horas de clase en algún momento, por irse a esas otras universidades a cumplir con un contrato menos flexible que el que tenían con la UNAM.

Tengo muy presente el rostro de vergüenza y de pesar de un profesor (uno de los mejores que he tenido en mi vida como estudiante) cuando le hice justamente ese reclamo. Lo que le  dije aquella vez,  lo hirió porque ante todo, aquella también era su alma mater y él tenía el compromiso con ella aunque los recibos de pago le exigían buscar más horas en otras instituciones para completar un salario  decoroso. Ni hablar: la UNAM nutre tu alma, no tu despensa.

Apesar de las ausencias (culposas o no) de los profesores, mi generación salió avante. Llenamos esas ausencias con libros, cineclubs y la vida misma. Pero me llama la atención esta generación que se siente timada por los que alguna vez estuvimos en esas mismas aulas que ahora ellos abandonan con una doble decepción: la de encontrar una UNAM que no llena sus espectativas y estar dentro de una UNAM que como el león, no es como se la pintamos.

Me pregunto si  les pesa demasiado esa vigilancia que es también acompañamiento (y acaso, dependencia) de la educación básica privada, lo que les lleva a ese shock que implica tener la rienda suelta en una institución pública. Veo regresar con alivio a chavos que tuvieron un lugar en la UNAM y los encuentro  añorando que les dejen tarea, que los profesores lleguen a tiempo. Hasta miran con otros ojos su uniforme.

Y me preocupan algunas cosas. Por una parte ¿Cómo estamos haciendo nuestra labor en las aulas, los egresados de la UNAM?, ¿Qué juventud estamos formando?, ¿Los actuales docentes que tienen el privilegio de trabajar dentro de la UNAM, se han echado  a dormir tirando la fama que otros forjaron a pulso?  Y por otra, ¿qué hallaron (o no encontraron) estos preuniversitarios que salen despavoridos de la UNAM para meterse de nuevo al cascarón lleno de reglas y circulares?

¿Será que la doble ausencia, la de sus padres en casa y la de los profes en la escuela, los hace sentir  a la deriva?, ¿Por eso regresan con la madre autoritaria, que por una (no tan módica) mensualidad les proporciona  confort y   seguridad por ocho horas y media al día; cinco días a la semana (más sábados de eventos escolares y viajes nacionales o internacionales)?

Algo pasa. Algo está cambiando. Algo cambió en nuestra  universidad durante los años que dejamos atrás  nuestros duros pupitres. Tampoco  olvido a los Pumas que salen en los medios  ganando premios y concursos; los que generan nuevos saberes; los que portan con orgullo la camiseta. Pero se ha atravesado en mi camino gente valiosa que abandonó su matrícula en la UNAM creándome un enorme sospechosismo y lo que es hoy, me siento con la garra agüitada .

  




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