Desde hace un par de años la muerte dejó de ser algo abstracto y sobre todo, lejano. Desde la muerte de mi abuela, para ser precisos. La muerte entonces se hizo presente con todos sus huesos. Cuando uno es niño, se cae en la convención de que la muerte es asunto de adultos. Son ellos los que se preocupan, se movilizan, se organizan y lloran de deveras.
No recuerdo haber preguntado entonces qué era la muerte, pero si recuerdo que mi madre me dijo en alguna ocasión algo así como: "ya está con Diosito", refiriéndose a un muerto. Y yo asumí que ahí estaba bien el difunto. Entonces, "Se petateó", "Pasó a mejor vida" y "Colgó los tenis" eran expresiones que utilizaba sin ningún empacho y seguramente, queriendo caer simpática a los adultos que me rodeaban.
Tengo presente cuando mi tía materna llegó una noche a tocar la enorme puerta de madera en Palma #33, para avisar de la muerte de un primo al que conocí apenas y nunca traté por la diferencia de edades. Creo que tuvo un accidente en motocicleta. La muerte entonces eran las lágrimas de mi madre, el ajetreo y la posterior ausencia de mis padres.
Con la muerte de otro primo, todo era misterio. Nadie se detenía a explicarme qué pasaba pero se me pedía que no dijera "nada". Y yo no sabía a qué nada se referían. La muerte en esa ocasión fue el llanto de mi hermano mayor. La muerte fue dolor, pero no propio. Me conmovía su pena. Mi dolor era porque le tocaba a una persona fundamental para mi. La muerte hacía daño a otros que no eran el muerto.
La muerte de mi abuela materna coincidió con mi cumpleaños número 10, creo. Mi mamá no estuvo en mi festejo y de hecho no se me festejó porque mis hermanas también se fueron al funeral, a Oaxaca. Pero me dió el pretexto perfecto para tomar el protagonismo en mi grupo de primaria, porque claro, estaba tristísima por la muerte de mi abuela y más aún cuando había caído justo en mi cumpleaños. Todos mis compañeritos preguntaban los detalles y yo daba vueltas a mi relato porque en realidad no los conocía.
Al decir verdad, la muerte de Mamajuana -como le decían a la abue- significó cierto alivio culposo. Mi abuela había perdido la memoria y era difícil tratar con ella cuando se alteraba. A veces me daba miedo; otras me daba mucha lástima y la mayoría de las veces, me sacaba de mis casillas. Así que su muerte me liberó de mi comisión de subirle el desayuno las mañanas del mes que nos tocaba cuidarla, pero me llenó de remordimiento por haberlo hecho de mala gana.
No recuerdo si fue a los nueve días o al cabo de año (término del rosario y el 1ºaniversario luctuoso, respectivamente) que estuve en la ceremonia y lloré un poquito. Por no dejar. Mi madre me reconfortó diciendo que yo no le debía nada a la abuela; que no había razón para llorar. Antes bien, "la vi" mientras vivió con nosotros. Y con eso le di carpetazo al asunto: oficialmente yo estaba exonerada.
Con la muerte de mi abuelo materno -un año después- fue un poquitín distinto. De él recuerdo que cuando lo íbamos a visitar, pasábamos enfrente de las vacas de enormes y dulces ojos. Su cuarto era oscuro y él estaba acostado en su cama de carrizos y le pedía a su mujer que me diera leche de sus vacas. Por eso cuando murió, no me fue del todo indiferente.
Ví a mi tío más joven estar al pendiente en el entierro, como adulto, cuando en realidad sólo es un par de años mayor que yo. Por mi parte, me tenían un poco al margen, por ser niña citadina. Creo que recé los nueve días lo que aprendí en el novenario y hasta lavé unos trastes, hasta que mi prima se sonrió con ironía y me preguntó: "¿Si sabes lavar trastes?" Me incomodó la desconfianza. Digo, no lo hacía en mi casa, pero tampoco hay que desarrollar un método científico para poder hacerlo.
La venganza se presentó cuando todo se acabó y se tuvieron que hacer las cuentas para saber lo que se había gastado, cuánto dinero se había juntado de la gente que apoyó y lo que hacía falta por cooperar. La prima de la risa irónica ya había terminado la primaria algunos años atrás y mi tío el jovenazo también; por mi parte, estaba en el último año de primaria. Así que no perdí la oportunidad y al término de cada suma, les hacía saber que ya había terminado la operación. Con qué orgullo decía con voz muy alta los resultados antes que nadie.
Por supuesto que en ese tiempo no me importaba saber que mis jóvenes parientes habían hecho la primaria en una escuela rural que no da clases los viernes por ser "día de plaza" (como un tianguis citadino) o que quizá mi tío no estaba de ánimo para competencias matemáticas sino pensando en que pronto tendría que irse a Estados Unidos para mantenerse a sí mismo y a su mamá.
Por supuesto que en ese tiempo no me importaba saber que mis jóvenes parientes habían hecho la primaria en una escuela rural que no da clases los viernes por ser "día de plaza" (como un tianguis citadino) o que quizá mi tío no estaba de ánimo para competencias matemáticas sino pensando en que pronto tendría que irse a Estados Unidos para mantenerse a sí mismo y a su mamá.
En mi caso, nunca había hecho sumas ni restas con tantos ceros; además de que las matemáticas nunca me gustaron, pero el honor se me iba en esas cuentas. Así que no sólo las terminé primero, sino que además las hice todas bien. El único problema fue leer aquellas cantidades. Afortunadamente, lo que no sabía lo pescaba de las tías que se adelantaban tanteando las cifras. El extra fue ver orgullosa a mi madre cuando todo salió bien gracias a mi participación.
En la muerte del medio hermano de mi madre, me quedé en la casa (éramos vecinos). Desde la casa oía el llanto de las dolientes; recuerdo el sabor concentrado del caldo blanco de res y las cebollas transparentes nadando en mi plato. Yo dormí con dos primos: Silvia y Juan, que eran de mi generación. Ese velorio fue la posibilidad de echar relajo toda la noche sin ningún adulto a la vista. Reír y hacer chistes sin la conciencia de que el difunto era nuestro pariente.
Una imagen que guardo de ese tiempo, también en el pueblo, es el paso del cajón del papá de un compadre de mis padres. Papá cargando el ataúd en una esquina; la banda tocando adelante y un cortejo pequeñito -casi todos hombres- , detrás. Y a la distancia, el ataúd dio vuelta en la esquina y se perdió. Sólo la música se escuchó un rato más. Ni mi madre ni yo fuimos al panteón porque el "aire del muerto" , no es bueno para los niños. Y quizá también porque ella estaba cansada de haber ido a hacer tortillas y ayudar en la casa del difunto.
La muerte de estas personas me hizo ver algunas cosas, pero en general conservé la ingenuidad de mi niñez. La muerte fue considerada conmigo. Lo sigue siendo, pero empieza a generarme sospechosísmo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario