Era mi cumpleaños, pero como me lo celebraron un día antes, ese domingo parecía un día común en mi casa. Eso para mí constituía un agravio insoportable. Si nadie me iba a festejar en MI cumpleaños (el día preciso), yo sí lo haría. Así que junté mis pesos y mis cositas para irme al teatro sumamente ofendida.
Llegué al teatro y todavía dudaba un poco. En esos días iba al cine sola para reafirmar que no necesitaba de nadie más para hacer lo que quería. Pero ir sola al teatro, me intimidaba. Al teatro va quien puede pagarlo y te arriesgas a que el montaje no te guste. Y mientras yo volvía a contar mis pesitos y leía la sinopsis por enésima vez, la hora apremiaba y no podía darme el lujo de pensarlo más: con todo el dolor de mi corazón, desembolsé el costo del boleto sin saber que ése fue el mejor regalo que me pude hacer.
Ya en la sala, me instalé en mi lugar y la función empezó. Risas: aquello se ponía bueno. En algún momento, el único actor en escena dijo que necesitaba la ayuda de un espectador para contar la historia. Bajó y merodeó por todos los pasillos. Nos miraba y pasaba de largo. Pero regresó: me preguntó cuánto pesaba y me invitó a subir con él al escenario.
La obra era Ícaro; el actor, Daniele Finzi. Fue mi primer encuentro con el clown y me maravilló. Acababa de entrar a la facultad y entre el berrinche, la sorpresa y el escenario, creo que mi participación fue más bien torpe. Finzi tenía la mirada clara, triste y daba confianza, pero mi pánico escénico era más grande porque venía de adentro. Quizá no se manifestaba físicamente, pero en mi cabeza pasaban mil cosas: seguía la historia; las indicaciones; cuidaba de dar el frente a el público; escuchaba sus reacciones; intentaba no equivocarme. (¿? ¡Qué asurdo, yo no conocía la historia!) Me sentía como perro en avenida. De ahí la razón del por qué no soy actriz.
Al final de la obra, me dijeron que podía pasar a saludar a Daniele a su camerino. Cuando entré, aún tenía parte del maquillaje y el vestuario. Se notaba cansado y su sonrisa triste estaba más triste aún. No sabía qué decirle. Sólo atiné a preguntar qué le llevó a escribir Ícaro. Su mirada contestó antes que su voz: comentó algo sobre un hermano enfermo que pasó mucho tiempo hospitalizado; y luego, cuando supo que yo estudiaba teatro y que me interesaba la dramaturgia, dijo que ya sabría después, de dónde vienen los temas.
Me sentí boba, era evidente que a pesar de los años que tenía representando Ícaro, era una obra que le removía cosas. Dijo que cuando buscaba compañero para la función, escogía a alguien que tuviera la mirada de su hermano. Tragué saliva. ¿Qué vió en mis ojos ese día?
Una parte había sido chistosa, pero entre más cosas compartíamos en escena, al final, más difícil era dejar el escenario sin ese compañero. Me había emboletado preparando una huída para luego sacarme del juego con un nudo en la garganta y la idea fija de que ése no podía ser el final, ¿Por qué se quedaba ahí? Dramáticamente (técnicamente), debía quedarse; pero yo no quería dejarlo solo. Me enganchó y al público conmigo.
A la salida, caminé tratando de aclarar mis ideas. Quería invitar a todos los transeúntes a ver Ícaro; quería que todos sintieran la magia que yo encontré ese día en el teatro. No me engañó mi percepción: hace unos meses conocí a un actor que decidió encaminar sus pasos como artísta, hacia eso que encontró en Ícaro como espectador: el clown. Claro que también encontré gente que después de ver la obra dos veces, ya no la encontró tan mágica. En gustos se rompen géneros, dicen...
Hoy mientras buscaba imágenes para esta nota, vi un video con algunas escenas de Ícaro y automáticamente el corazón se me hinchó. A pesar del tiempo transcurrido, Ícaro me dejó una espinita que de vez en cuando me punza todavía. Y no sé si es el cansancio por tanto tiempo frente al monitor, o noto en mi nariz un pequeño punto rojo...
No hay comentarios:
Publicar un comentario