20 de abril de 2016

Mercado laboral en tiempo de Reformas


A las meseras de La Pagoda y El Popular

En un café céntrico muy popular, Sandra trabaja como mesera. Cumple jornadas de diez horas, literalmente efectivas, porque la demanda para ocupar una mesa en el lugar es mucha; siempre hay lista de espera durante las veinticuatro horas que permanece abierto el local. Ella tiene tres hijos, no tiene una pareja, ella suma a la cifra de jefas de familia reportadas por el INEGI.

Sandra tiene treinta o treinta y dos años; es de estatura regular, delgada, de piel morena, atractiva a pesar del horrendo uniforme que lleva impecablemente limpio y planchado; tiene el cabello recogido y maquillaje discreto. Mientras prepara sus implementos para limpiar la mesa que recién se desocupa, uno de sus compañeros se le acerca por detrás, le pregunta en un tono que pretende seducir, que cuándo va a salir con él. Ella voltea encabronada, lo mira a la cara y le dice: “Tengo tres hijos, ¿los vas a mantener? Si no, no me estés chingando”.

Tres hijos. Ésa es la razón por la que Sandra acepta un trabajo donde le pagan setenta pesos diarios (más comisión y porcentaje de propinas), trabajando diez horas diarias que en situación extraordinaria pueden extenderse hasta trece. No todas le son pagadas como horas extra, pero se condiciona el trabajarlas, para conservar el empleo.

Al salir en la madrugada espera cerca de una hora para que el transporte de la empresa la lleve a su casa, junto con las otras compañeras que abordan el mismo vehículo. Si tiene suerte, será de las primeras en ser llevadas a descansar. Ella vive en la zona de la Merced, así que en diez minutos podrá estar en su casa. Si la suerte no juega a su favor, puede ser que tarde hasta una hora más. Con su salario y la inseguridad a la alza, no puede rehusar esta prestación. Al día siguiente, nuevamente, si la suerte juega a favor le tocará cubrir el turno de la tarde y podrá descansar algunas horas. Si no es así, regresará a las siete de la mañana. En este lugar no se sabe el turno que te tocará cubrir, todo depende de múltiples factores de mercado.

Sandra puede llegar minutos antes de su hora de entrada para tomar sus alimentos (otra prestación de la que goza). Lo podrá hacer sentada, si alcanza lugar en alguna de las dos mesas de un metro cuadrado -cada una-, que están dispuestas en el pasillo de metro y medio de ancho que da al "vestidor":  un rincón habilitado con unas tablas que hay que acomodar para que cubran apenas lo suficiente la intimidad de las trabajadoras al cambiarse de ropa.

Durante la jornada y pese a las condiciones anteriores, Sandra tendrá que mostrarse amable con los comensales porque de ello depende que la propina sea buena, pero inevitablemente el fastidio, la frustración, el cansancio y el enojo afloran y desembocan en sus compañeras con quienes compite por la clientela. Porque, aunque se tiene asignado un número determinado de mesas, proporcionar un servicio satisfactorio le garantiza que en la próxima visita, los comensales la busquen. Aquí, literalmente, el trabajo se defiende con uñas y dientes: haciendo malas jugadas a las “nuevas”, confrontando por todo y por nada a quien asigna las mesas, a la cajera, al personal de cocina, a los muchachos del aseo. No podría ser de otra manera ante la presión de tener casa llena todo el tiempo; limpiar las mesas, tomar la orden, pedir los alimentos en la cocina, calcular el costo de los alimentos, atender caprichos de comensales y agilizar las gestiones para garantizar que cada mesa sea ocupada el mayor número de veces posible durante la jornada.

En un ambiente así, es difícil percibir que el enemigo no es el trabajador que está al lado. Impensable hacer alianza para mejorar las condiciones de trabajo o establecer relaciones humanas más amables. Como sea, alguien dirá: al menos Sandra no figura en la estadística del desempleo.

Como cada año -en la antesala de otro 1° de Mayo-,las autoridades administrativas, los académicos, los organismos internacionales y los medios de comunicación comenzaran a arrojar la acostumbrada numeraria de las tasas de desempleo, el reto en la creación de nuevos empleos, el incremento al salario mínimo. El presidente hablará de los resultados de las reformas implementadas en su administración en materia de educación, en el sector energético; hablará de los múltiples viajes al exterior para ofertar el país al mejor postor y cómo todo ello redundará en mejoras para la “clase trabajadora”. 

Otra forma de hablar del tema, es poner rostro y nombre a las trabajadoras y trabajadores a los que las grandes reformas no alcanzan a trastocar sus condiciones laborales. 

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