Inevitablemente la visita del
Papa me ha dispuesto a escribir, no desde la perspectiva del análisis de la
institución religiosa o de la política nacional e internacional porque hay
muchos y buenos intelectuales para ello, pero tampoco voy a escribir desde la banalidad
de las televisoras que transmitieron la visita como si fuera una edición de
“Sabadazo” o “Venga la Alegría”.
Sin duda la visita del Papa
Francisco propició lo sagrado y lo profano de este pueblo mexicano.
Lo sagrado manifestado en la
necesidad de movilización de los mexicanos, los que por decisión salieron a la
calle o acudieron a las concentraciones; los que no fueron convidados mediante
un boleto; la verdadera periferia que se desplazó muchos o pocos kilómetros
para escuchar lo que venía a decir una persona externa, porque ya no quiere
escuchar a los propios -sean de izquierda o de derecha-, decir lo que de todas
maneras ya sabíamos: las cosas en México están muy mal.
Lo sagrado manifestado en la
jugada maestra de los indígenas chiapanecos haciendo partícipes a los
asistentes mestizos de una misa en lenguas maternas, de su manera particular de
comunión y recibir después la venia vaticana para ello. Recordé el
cuento de Edmundo Valadés, La muerte tiene permiso donde solo faltó que algún
indígena dijera “…pues muchas gracias por permitirnos celebrar misa en nuestras
lenguas, pero como nadie nos hacía caso, desde hace varios siglos que lo
hacemos así”.
Lo profano expresado en la
desnudez que exhibió la clase política, la élite religiosa, los empresarios
adscritos a una Cámara, los cantantes “estrellados del canal”, los convidados
de las primeras filas.
Lo profano expresado en la
ejecución de obra pública en tiempo récord y en lugares en los que, en otras
circunstancias, jamás se verá reflejado el presupuesto público, con esos montos
y con esa celeridad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario