3 de junio de 2014

De cómo los elefantes aprendieron a jugar a las canicas o cada quien su clericot

Me dio mucho gusto encontrar Las tremendas aventuras de la Capitana Gazpacho o de cómo los elefantes aprendieron a jugar a las canicas en la red y poder releerla. Es un texto dramático cuya puesta en escena de Abraham Alcalá, disfruté en el foro del Museo Universitario del Chopo hace como dos años. Esa noche salí con el corazón encendido y  el cerebro revoloteando tratando de darle sentido a todo lo que vi esa noche.
 
Pero necesitaba leerla, saber si la magia provenía del dramaturgo o se trataba del encanto del director. Un buen día -en la Facultad- encontré  la obra en una antología y pude ver que ese mundo disparatado, tan parecido al nuestro, era  producto del ingenio del autor: Gerardo Mancebo del Castillo. ¡Qué vitalidad de texto! Al leer la obra, uno quisiera interpretar a todos los personajes. Hay un  constante guiño del autor con referencias a otras obras y otros autores que te mantienen atento todo el tiempo.

Es sumamente divertida en medio de lo terrible que resulta ver la caricatura en la que queda convertido el amor. Gerardo Mancebo del Castillo nos muestra personajes que son parte de nuestra cotidianeidad, de nuestra cultura, de nuestra educación sentimental. Vemos personajes que desairan la posibilidad de un amor por ir tras una quimera; enamorados de un ideal o bien, envueltos en una relación enfermiza.
Si para el ser humano no fuera necesaria la compañía, la amistad, el amor, el afecto, la complicidad de otro humano, otro gallo nos cantara. En escena vemos un par de hermanas que sostienen un diálogo que en realidad es un monólogo sobre las aspiraciones de cada una;  un marido machín cuyo único placer reside en sobajar a su mujer; un  hombre que huye de las caricias de una mujer, mientras exige los gritos de su amor platónico. Es como ver correr a los personajes en un escenario fijo que  da vueltas en círculo para dar la impresión de movimiento: en realidad no van a ningún lado con sus deseos.

                                                  

Y a propósito del desamor, también me encontró Yourcenar o cada quien su Marguerite. una adaptación de dos textos de Marguerite Yourcenar. En esta obra, Jesusa Rodríguez juega con el carácter de algunos personajes mitológicos: un Teseo miedoso y sin escrúpulos, una Fedra sexualmente liberada y una Ariadna maquiavélicamente abnegada.

Aunque no del todo de mi agrado por el ritmo y estilo de los diálogos, el planteamiento de la obra es una cosa innegable: en cada relación en la que cedes para mantenerla a pesar de saber que no funciona, los involucrados están condenados a la simulación, la omisión, y la  mentira; pero además, ese juego empieza desde el principio de la historia. Lo tenebroso es cuando todo eso que  no se quiere ver o que se pretende restarle importancia sobre la pareja, sirva después para vomitarlo sobre el otro una vez que el amor se ha agotado. La metáfora del Minotauro como el monstruo devorador que cada uno se crea es lo único que justifica ubicar la historia en un contexto clásico. 


  


Dos textos con una estética diametralmente distinta abordando un mismo tema. Y es que en esto del amor,  pasa como con el clericot: no hay receta que se parezca.



                                                                












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