3 de junio de 2014

A propósito de los 35

Así como una carrera en el circuito universitario no se termina hasta que recibes tu playera conmemorativa, para mí el festejo por cumplir un año más de vida no es ni antes ni después: es justo el día que corresponde. Y el pastel es importante: es el momento en que se pueden pedir y conceder los deseos que has venido maquinando y depurando hacia el final del año. Si se cumplen o no, si hay más festejos o no, es extra. Me gusta ese rito porque hace evidente el final y el inicio del próximo ciclo simbólicamente. 

Mi cumple me genera cierta ansiedad que  me levanta antes de que suene  mi alarma biológica. Y hoy desperté con un sueño que era un reto laboral con una de las chicas -que más me simpatiza- del taller. De ahí recordé que esa generación sale del bachillerato este año y pensé que quizá no tenga oportunidad de desearles buen camino. Luego pensé: ¿Qué es lo que yo  de esta vida como para aconsejar a unos adolescentes? La respuesta es: nada. Cada uno aprende lo necesario en el momento en que se presenta la ocasión del aprendizaje  significativo.  
He de ser necia, a pesar de todo y dejaré aquí dos cosas que cada año olvido y en el camino, vuelvo a recordar:

Autocompadecerte, es señal de que ya se amoló la cosa. El peor estado en el que nos podemos meter, es la autocompasión. Es meternos el pie a nosotros mismos. En cuanto más  rápido lo detectemos estamos en la posibilidad de levantarnos, si no, ni Dios padre...

Esto no se acaba, hasta que se acaba. Ésta es mi favorita porque me hace pensar en que para bien o para mal, todavía queda algo por hacer.

La idea era completar 35, pero si de cualquier forma lo olvido, ni al caso. Este año se me figura distinto y complicado. ¿Pero qué sería la vida si todo fuera estático e invariable?
                      

                                                        

No hay comentarios:

Publicar un comentario