Ser teatrero puede ser bastante contradictorio. Algunas veces te enorgullece serlo, pero otras, te hace pasar pena ajena. La fauna teatrera tiene en sus filas de todo un poco, como casi cualquier gremio, pero a diferencia de los otros, a éste no le importa ocultarlo ni negarlo; antes bien, entre más excéntrico, mayor la acreditación como teatrero.
Siempre me ha resultado muy incómodo decir cuál es mi formación porque cuando se menciona la palabra teatro, sin remedio aparecen en la plática las palabras: "televisión" (televisa / tv azteca); "actuación"; "drama";"dramática"; "teatrito"; "show"; "payaso"; "chistoso"; "desinhibido"; "promiscuo" y otras por el estilo.
Se da por hecho que al estudiar teatro, estás capacitado para hacer el ridículo en cualquier momento y en cualquier circunstancia; que desnudarte no implica mayor esfuerzo; que si hay alguien con autoridad para hablar de mota ése eres tú y que sin duda, eres carne disponible en las fiestas. Lo frívolo, lo estúpido, lo soso en una plática a todo volumen puede ser señal de que un grupo de teatreros está cerca.
Otra cosa que es muy común escuchar es: "Qué bonito... Ay, qué padre", "Me hubiera gustado estudiar teatro"; "En la prepa hice una obra de..."; "Siempre he querido actuar"; "Oye, pero, ¿sí les pagan...?" Triste, pero real.
En el marco del Festival Nacional e Internacional de Teatro Universitario, la compañía Grupo 59 de Brasil dio muestras de lo que es hacer del escenario, un espacio para conmover, divertir y reflexionar. Con un grotesco maquillaje, un vestuario poco más que básico para recrear personajes de circo y una escenografía ilustrativa, este grupo de actores llenaron el escenario con su voz y su presencia llena de teatralidad.
Sin esperar las llamadas, dejaron oír sus voces en un canto misterioso acompañado de un piano. Del público fueron saliendo los personajes para subir uno a uno al escenario: cuerpos redondos los de las mujeres; cuerpos delgados o muy trabajados los de los hombres. Grandes gestos, movimientos estilizados, voces potentes y afinadas cantando y hablando. Una canción aquí, una coreografía allá: el payaso, los malabaristas, el hombre fuerte; la prestidigitadora; el enano domador de leones... Ahí estaban los artistas ante la disyuntiva de cerrar el circo para buscar lugar en otra compañía de manera individual o ser absorbidos por la fábrica de productos químicos que les ofrece un quimérico contrato como anunciantes de sus productos.
El arte ha sobrevivido desde el inicio de la humanidad porque es una necesidad básica del ser humano el crear sonidos, objetos, momentos o imágenes para compartirlos con otros humanos que a su vez tienen la necesidad de contemplar, escuchar, acaso tocar lo que otros han imaginado y hecho realidad.
¿En qué momento tiene que vender su alma al diablo un artista? En el más puro estilo (o así lo imagino yo) del teatro didáctico de Bretch y después de una conmovedora canción de unión y amor al oficio, la líder moral de la compañía dice a voz en pecho, entre el estruendo de las máquinas demoledoras, que ellos firmarán el contrato. El oscuro es inmediato y el silencio en la sala es denso. Las lágrimas se descuelgan de mis ojos, mi garganta se cierra y el pecho me duele. Habemos dos personas de pie aplaudiendo.
Evito no escuchar los comentarios y me concentro en lo que acabo de ver y oír: eso es el teatro. O por lo menos, el teatro que a mí me interesa. La última historia tiene todo el aire del teatro combativo de los setenta en latinoamérica. Es casi un texto viejo si no fuera porque el teatro (y otras manifestaciones culturales en general) siempre ha tenido un pie en el hoyo.
Es cool hacer teatro a partir de la escena misma, de la imagen, aunque sus historias ni nos toquen siquiera. Proyecciones, escenarios minimalistas, frases complicadas que nos dicen que el hombre se hunde en la mierda; en el sin sentido de la vida, pero uno entra y sale igual del teatro que no dice nada: ni nuevo ni sabido. Pasa de largo.
La última historia conmueve, pero al tener un final contrario a lo esperado, te deja en la línea de la reflexión, no del sentimiento. Para Bretch era importante romper constantemente la emoción generada por sus historias (con partes cantadas) y planteaba que el teatro debía de hacerse en lugares abiertos, lejos del ornato y la fantasía que genera un teatro a oscuras donde se paga por una fantasía que no te involucra y se termina al encender la luz.
¿Se dulcifica el teatro combativo en una sala de teatro universitario o es otra forma de no quitar el dedo del renglón?, ¿Es la respuesta esperada de un público conformado mayoritariamente por estudiantes de teatro?, ¿Es La última historia un montaje que le incumbe a estos nuevos teatreros o les resulta obsoleto?
Leía en una compilación de textos a propósito del aniversario del Colegio de Teatro, publicada hace algunos años, la queja de Luis Santillán ante la falta de aportaciones de la dramaturgia al teatro contemporáneo. No sé si se necesiten nuevas formas de decir las cosas, (soy sumamente conservadora), pero de lo que no me cabe la menor duda es que el teatro ha de despertar algo en el espectador.
La última historia cumple bien: nos envuelve en la convención teatral desde el principio (donde es posible que un actor de 1.70/80 m. sea un enano), nos hace tomar partido por sus personajes y al final la desazón es una razón convincente para seguir apostándole a hacer contrapeso a la inmediatez de la televisión y del teatro hueco. Y no me refiero sólo al teatro combativo, hablo también del teatro que te deja rondando la risa en los labios; el teatro que te plantea una duda; que te genera una idea; que te regala una buena tarde o noche. Por ver ese tipo de teatro y más aún, aspirar a hacer ese teatro, vale la pena pasar el penoso paquetote de ser teatrero.
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ResponderEliminarSiempre sí llegó el mensaje =)
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