A Yucuiñálu sólo le gustaba el rosa o el azul. Si había que escoger algo, el gran dilema era si lo prefería en rosa o en azul. No es raro si tomamos en cuenta que es algo común en todos los niños que identifiquemos estos colores como típicamente para "niñas" o para "niños". De hecho, culturalmente, desde que nacemos nos escogen y regalan cosas en estos dos colores a partir de lo que el médico encuentra en nuestra entrepierna al nacer.
Soy la menor de 5 hermanos y mi antecesor me lleva 6 años. Es decir, crecí (es una metáfora) en un ambiente rodeada de gente mayor. Eso ha sido especialmente significativo en la formación de mi carácter y personalidad. Sumémosle que somos la primera generación en mi familia que pisa una universidad: una bomba de tiempo para el lado rosa de Yucuiñálu.
Mis compañeros de juegos fueron tres primos de mi edad que si bien no jugaron muñecas conmigo, ni yo luchas con ellos, las relaciones de poder se establecieron muy claras para todos desde el principio. Si había algo que decidir o proponer lo decidíamos entre el Ratón y yo. Los otros dos primos al ser hermanos, no les quedaba otra que tomar partido por cualquiera de nosotros dos o de plano abandonar el terreno de juego, cosa que ni al Ratón ni a mí nos incomodaba, porque siempre terminábamos conciliando propuestas antes que "cortarlas" entre nosotros que éramos los que más nos frecuentábamos.
En la facultad, me juntaba con tres compañeros cuatro años más grandes que yo y uno más de mi edad. Los cuatro eran de los que siempre leían, sabían de cine, música y otras monerías. Estar con ellos me permitió ver al sexo horrible (como dice la Borola), tal cual es; no siempre cuidaban lo que decían y eso me causaba gracia. Aunque me procuraban en el trato diario, eso no les impedía que en las clases me dieran el mismo trato que se daban entre ellos. Es decir, no había condescendencia para la crítica o la discusión a la hora de exponer nuestros puntos de vista.
Con esto no se crea que he sido de esas mujeres que no "pueden tener amigas". Siempre he disfrutado la complicidad que se da entre nosotras; el apapacho femenino; la diversidad de lenguajes creados para comunicarnos a discreción. Cosa imposible con los amigos, porque a éstos hay que decirles todo con todas sus letras.
Esta introducción viene a cuento porque durante muchos años hice a un lado mi aspecto femenino más tradicional. En mi primera década, no importaba que vistiera con vestidos de pastelito, viera telenovelas y usara Windys rosas, los juegos con mis primos eran principalmente de correr o de historias de aventuras viajadas.
Tengo muy presente una madrugada en la que jugamos al circo (en esa ocasión no estuvo el Ratón). Cada uno debía presentar un número y la primera vez fue espontáneo y divertido; pero no sé a quién se le ocurrió agregar números y "mejorar" nuestras participaciones. Sólo recuerdo que se me cerraban los ojos de sueño porque ya íbamos en la versión remix de nuestro circo y mis primos seguían igual de entusiasmados. Yo no veía la hora de irme a dormir, pero me apenaba abandonar el barco viéndolos tan entrados en sus "números". En mi interior todo me parecía rídiculo y quería que terminara. Es lo más cercano que he vivido a estar dopada en el escenario.
En fin, durante toda mi primera infancia, oí decir repetidamente que yo había salido "más cabrona que bonita". Y supongo que me lo creí enterito porque a pesar de medir un metro en la primaria y tenerle miedito a varias de mis compañeras, nunca medí mi boca para contestarles un par de cositas que las mantenía a raya. Pero sobre todo, me hice a la idea de que lo más importante era lo que podías decir a partir de lo que sabías y dejé de lado mi aspecto físico.
Desde entonces le di un valor mayor a esas cosas que veía en mis hermanos y que yo daba por buenas como la lectura y el dibujo (aún ahora son cosas que me resultan atractivas en una persona). Las marchas, las consignas, las mantas de protesta eran algo común viviendo a una cuadra del Zócalo y eran parte de mi contexto cotidiano. Sumemos además la educación que adquirí como hija de padres oaxaqueños que mantíenen su sentido de pertenencia a su comunidad.
Así que en la secundaria, además de hablar de chicos con mis amigas, les platicaba a Pablo y Arvizu de lo que me enteraba en casa sobre los Zapatistas y éstos, con voz sensata de adultos me decían: "estamos muy chicos para hablar de estas cosas". (¡Ja! Ese recuerdo me da risa. ¿Qué pretendía yo?).
El CCH fue el periodo más radical contra mi lado femenino: usaba unas playeras enormes por fuera del pantalón; me corté el cabello pequeñito; nunca lavé mis tenis hasta que se rompieron y los cambié por unas botas de colores que mi hermana decía que eran de payaso; estaba convencida de que el ejercicio era una frivolidad; me sentía autosuficiente y les restregaba en clase que nadie leía (salvo mis cuatas); decía palabrotas; instauramos el cigarro literario (que por cierto nos duró tan poco que ni aprendí a fumar); usaba unos morralotes que no me cansaba de zurcir; cuando no estaba en el taller de teatro o en la grilla, estaba en la biblioteca. Hice todo lo políticamente incorrecto para una adolescente que quisiera figurar en la lista de chicas casaderas.
En la universidad aunque le bajé, hubieron cosas en las que me mentuve firme: nada de navegar con bandera de inútila por la vida; cero maquillaje; no depilaciones; tops en lugar de brasieres; tenis y zapatos de bota. Lo más femenino de mí, era la blusa oaxaqueña que me había heredado mi hermana mayor.
En todo este periodo de años, el color rosa desapareció de mi vida de manera premeditada y me quedé con el azul como mi color base.
Con esto no se crea que he sido de esas mujeres que no "pueden tener amigas". Siempre he disfrutado la complicidad que se da entre nosotras; el apapacho femenino; la diversidad de lenguajes creados para comunicarnos a discreción. Cosa imposible con los amigos, porque a éstos hay que decirles todo con todas sus letras.
Esta introducción viene a cuento porque durante muchos años hice a un lado mi aspecto femenino más tradicional. En mi primera década, no importaba que vistiera con vestidos de pastelito, viera telenovelas y usara Windys rosas, los juegos con mis primos eran principalmente de correr o de historias de aventuras viajadas.
Tengo muy presente una madrugada en la que jugamos al circo (en esa ocasión no estuvo el Ratón). Cada uno debía presentar un número y la primera vez fue espontáneo y divertido; pero no sé a quién se le ocurrió agregar números y "mejorar" nuestras participaciones. Sólo recuerdo que se me cerraban los ojos de sueño porque ya íbamos en la versión remix de nuestro circo y mis primos seguían igual de entusiasmados. Yo no veía la hora de irme a dormir, pero me apenaba abandonar el barco viéndolos tan entrados en sus "números". En mi interior todo me parecía rídiculo y quería que terminara. Es lo más cercano que he vivido a estar dopada en el escenario.
En fin, durante toda mi primera infancia, oí decir repetidamente que yo había salido "más cabrona que bonita". Y supongo que me lo creí enterito porque a pesar de medir un metro en la primaria y tenerle miedito a varias de mis compañeras, nunca medí mi boca para contestarles un par de cositas que las mantenía a raya. Pero sobre todo, me hice a la idea de que lo más importante era lo que podías decir a partir de lo que sabías y dejé de lado mi aspecto físico.
Desde entonces le di un valor mayor a esas cosas que veía en mis hermanos y que yo daba por buenas como la lectura y el dibujo (aún ahora son cosas que me resultan atractivas en una persona). Las marchas, las consignas, las mantas de protesta eran algo común viviendo a una cuadra del Zócalo y eran parte de mi contexto cotidiano. Sumemos además la educación que adquirí como hija de padres oaxaqueños que mantíenen su sentido de pertenencia a su comunidad.
Así que en la secundaria, además de hablar de chicos con mis amigas, les platicaba a Pablo y Arvizu de lo que me enteraba en casa sobre los Zapatistas y éstos, con voz sensata de adultos me decían: "estamos muy chicos para hablar de estas cosas". (¡Ja! Ese recuerdo me da risa. ¿Qué pretendía yo?).
El CCH fue el periodo más radical contra mi lado femenino: usaba unas playeras enormes por fuera del pantalón; me corté el cabello pequeñito; nunca lavé mis tenis hasta que se rompieron y los cambié por unas botas de colores que mi hermana decía que eran de payaso; estaba convencida de que el ejercicio era una frivolidad; me sentía autosuficiente y les restregaba en clase que nadie leía (salvo mis cuatas); decía palabrotas; instauramos el cigarro literario (que por cierto nos duró tan poco que ni aprendí a fumar); usaba unos morralotes que no me cansaba de zurcir; cuando no estaba en el taller de teatro o en la grilla, estaba en la biblioteca. Hice todo lo políticamente incorrecto para una adolescente que quisiera figurar en la lista de chicas casaderas.
En la universidad aunque le bajé, hubieron cosas en las que me mentuve firme: nada de navegar con bandera de inútila por la vida; cero maquillaje; no depilaciones; tops en lugar de brasieres; tenis y zapatos de bota. Lo más femenino de mí, era la blusa oaxaqueña que me había heredado mi hermana mayor.
En todo este periodo de años, el color rosa desapareció de mi vida de manera premeditada y me quedé con el azul como mi color base.
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