23 de febrero de 2013

Rosa Azul

Si algo fue decisivo a favor de mi vida en rosa, fue mi paso por  el Acondicionamiento Físico General (UNAM). Me ayudó a entender que mi cuerpo estaba para algo  más que  sostener mi cabeza. La primera vez que corrí 10 kilómetros supe con certeza lo que era tener piernas y como si fuera programa científico, podía imaginar mi esqueleto  coordinándose para lograr el movimiento que me hacía avanzar, con el aire frío entrando en mis pulmones. Y sobre todo, el sentimiento de capacidad por conseguir algo que por primera vez no lograba con mis manos o con la palabra.
 
Mantuve los tenis, pero integré playeras más ajustadas del mismo color  que mis aretes y los calcetines; adopté unos cómodos overoles; reservé los tops sólo para el ejercicio; integré brillito en los labios y a veces, hasta unas sombritas en los párpados. Mi escala cromática se amplió y dio paso al verde fosforescente, al naranja, al rojo, al amarillo, al beige, al café, al calamar, durazno, palo de rosa.
 
Al dejar el AFG,  la necesidad de no regresar a la vida sedentaria me ha llevado de la zumba a los aeróbics;  de ahí al latin fussion y la escaladora. ¿Qué extraño? La comunidad, el sentido de pertenencia que me generó el AFG y el tipo de ejercicios: no es lo mismo prepararte para ganar condición física que pondrás a prueba durante una carrera, a ejecitarte para reducir las lonjas y levantar lo que la gravedad dicta, que es lo que te dicen los instructores.
 
Me molestan los grupos de zumba porque en general, el instructor (a), se limita a ponerte una coreografía que si eres bueno en coordinación, la pescarás más o menos rápido. En caso contrario, resígnate a hacer la mitad de la sesión. Alguna vez, el instructor volteará a verte cómo vas, pero en general, se le ve muy satisfecho cambiando los pasos justo cuando  apenas los lograste copiar. 
 
La danza árabe que se enseña por mis rumbos va por la misma línea: la instructora se retuerce complacida de su propio movimiento sin voltear  a revisarte la técnica. Además,  no me convence el discurso de la diosa interior que vas a encontrar en una sensualidad comercial.
 
Mi paso por los aeróbics fue un tanto desastroso porque aunque se trabaja por repeticiones y eso hace más sencillo retener los movimientos, lo que le dió al traste a mi sincera intención de quedarme ahí, fue una instructora que no dudaba en sacar la fotografía de sus años mozos en los que se le podía identificar la cintura  (para respaldar su versión de que alguna vez tuvo un cuerpo  escultural cada que llegaba una nueva incauta a la clase). Por otra parte, lo que bajábamos en la rutina lo subíamos comiendo gente (nos ponían al tanto de la vida de aquellas que faltaban) y en los convivios de cada efeméride del calendario cívico. Aquello era un merendero de gente y antojitos mexicanos que no resistí.
 
Finalmente, hace un par de años, me hice de una mochila rosa con negro. Me han regalado playeras y yo misma he comprado blusas rosas con toda intención. Empecé a usar las sombras de forma regular, labial y enchinarme las muy aguaceradas pestañas. Tengo algunas faldas y zapatos de tacón propedéutico (con toda la base). A veces me pinto las uñas de colores chillantes o pastel. Me gusta la ropa interior con listoncitos, moñitos, etc.  Entiendo que ser mujer es más complejo (¿o quizá más sencillo?). Pero por algo hay que comenzar en la indagación.
 
He comenzado a leer libros sobre el ser  mujer; el mismo blog se ha mantenido en tonos y diseños que  delatan fácilmente una mano femenina y las clases de baile, ahora me las he tomado con mucho menos prejuicio.
 
En buena medida porque aunque la instructora es una mujer con un cuerpo muy trabajado, es una mujer esencialmente muy luchona: baja, sube, conecta, desconecta, arrastra, mueve... No utiliza su cuerpo para conseguir concesiones, hace lo que tiene que hacer. Por lo que a mí no me deja excusa para no contonearme cuando lo marca la música: si ella hace el calentamiento pesado lo mismo que la coreografía, ¿Por qué limitar yo mi expresión  corporal?, ¿Qué pierdo, si antes le exigí a mi cuerpo trotar sin parar?  Es decir, en ambos casos, le estoy pidiendo algo que nunca imaginé pedirle. Busco de nuevo hasta dónde puedo llegar, cuál es el límite de mi capacidad rítmica.
 
No niego que a veces me siento francamente ridícula, sobe todo con la música disco o el ska (me resisto a bailarlo con coreografía), pero me disciplino y me relajo. Pienso que es terapéutico.  Me doy chance de moverme sin el ojo vigilante de mi racionalidad.
 
Me gusta especialmente cuando pone música con cierta base africana, porque el movimiento deja de tener esa carga voluptuosa que se maneja en los otros ritmos y se vuelve un poco más libre. Es curioso, porque el grueso de las mujeres que van a la clase, son amas de casa y se salen de su contexto cuando la ponen. Hacen comentarios como: "Parecemos changuitos", "Nada más nos falta el taparrabos"...
 
Estoy en el camino de la tercera década replanteándome quién soy . Qué cosas son obsoletas y cuáles siguen siendo válidas para mí. Mi cuerpo se modifica por dentro y por fuera. Encuentro redondeces donde antes no las había; líneas de expresión que me sorprende lo que se han prendido de mi rostro; mis dos canas que se levantan sin gel...
 
Atrás quedó mi indecisión  sobre el  azul o el rosa como dos polos opuestos irreconciliables; atrás también, mi etapa colorida; me reinvento en el rosa mexicano.  
 
 
 
 
 
 
 
 












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