A Pita, la maestra. Con
cariño del bueno.
Observo con preocupación, pero sobre
todo con tristeza cómo el tema de la evaluación a los docentes ha logrado que
aflore lo peor del ser humano. He visto en los noticieros - aunque ya antes me
lo había comentado una maestra -, la intimidación que ejercen los detractores
de la evaluación fotografiando a los maestros que acuden a realizar su registro
para presentarla y luego son exhibidos en redes sociales. O como a una aspirante
a una plaza en la docencia le cortaron el cabello por el mismo motivo. Ahora ya
no es suficiente la toma de edificios públicos y la destrucción de mobiliario e
instalaciones, ahora se agrede física y moralmente a otros seres humanos.
Desde que inició el proceso de la
denominada “Reforma Educativa” he escuchado en los noticieros de la televisión
a los empresarios de México Primero, exigir su aplicación exponiendo las
bondades de una evaluación a los docentes en funciones para elevar la
productividad y alcanzar el desarrollo; a los conductores de esos noticieros, vomitar calificativos para
desacreditar a quienes se oponen a ella; a servidores públicos dar discursos
amenazantes acerca de la verdad que les asiste para aplicarla “en nombre de la
ley”.
Lo que no he observado, es un
debate serio con sustento teórico acerca del objetivo pedagógico de la
aplicación de una evaluación o la pertinencia de la evaluación como único
mecanismo para alcanzar dicho objetivo y si fuera el caso, los diferentes tipos
de modelo de evaluación que existen y cuál sería el adecuado, para el caso
específico de México, con base en un diagnóstico del estado que guarda la
educación en nuestro país.
En esta batalla campal la gran
ausente es la Educación, no sólo porque no se argumenta en torno a ella en su
lenguaje que es el de la pedagogía, (entendiendo que la Educación tiene una
dimensión social, política, económica y filosófica), sino porque la Educación está
ausente hasta en su acepción más simple que alude al respeto por el otro. Es
decir: no se puede hablar de Educación si no es sobre la base del respeto por
las ideas de los demás.
Antes de tomar partido por evaluación sí o evaluación no, sería
importante echar un vistazo al documento “Análisis y perspectiva de la Reforma Educativa”
que constituye la memoria de los foros regionales y nacional (celebrados entre
mayo y junio de 2013 en los estados de Michoacán, Oaxaca, Guerrero, Chiapas,
Sonora, Baja California Sur, Distrito Federal, San Luis Potosí, Veracruz,
Puebla y Estado de México), resultado del acuerdo entre la CNTE y la
Secretaria de Gobernación, que no obstante ser un mecanismo más acertado que la
mutua descalificación y la agresión física y verbal, no tuvo la difusión
necesaria para abrir un debate sobre la educación que queremos y merecemos los
mexicanos.
Si realmente nos importa la
Educación Pública que se imparte en el país, es importante tener presente que
esta no se agota en la aplicación de una evaluación, que sólo sirve como filtro
para decantar a los “malos maestros” y
abrir la puerta a excelentes profesionistas en otras áreas del conocimiento,
pero que quizá no tienen el perfil para la docencia.
Sería bueno orientar los esfuerzos a la reestructuración del sistema de normales, para ampliar y actualizar sus planes
de estudio y garantizar que los maestros tengan una formación acorde a la
educación que se pretende impartir y no abonar a las expresiones de violencia y
descalificación entre promotores y detractores de la evaluación a los docentes.
Cedamos el paso a la razón.
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