Una amiga pedagoga, tiene la hipótesis de que un hijo no deseado muestra mayores problemas de aprendizaje que uno que sí fue planeado y querido. No sé si esto es cierto o no, pero sí creo que puede ser angustiante, cuando no doloroso, el ser un hijo de la cloaca.
Hay dos películas en especial que me gustan por la forma en la que plantean el tema de ser un hijo de la cloaca y sobrellevarlo: Mi villano favorito y El juez.
En Mi villano favorito, la madre de Gru -a pesar tener pocas escenas-, intimida con su presencia y podemos percatarnos de que es dura y cortante con su hijo. Y aunque al final, la opinión sobre su hijo es mucho más benévola de lo que podíamos imaginar, por su parte Gru, estaba angustiado por conseguir el robo más grande en la historia del crimen para trascender y ser reconocido por ella. Sin ese motor, la película no existiría: la motivación de Gru es ser el mejor para ganar votos con su madre. Y va complicando su vida sin pensar que logrará complacerla cuando deja de buscar su aprobación. Claro que esa no es la historia central, pero es lo que va a conformar el carácter de Gru y lo que nos causa tanta gracia cuando convive con las niñas: su torpeza ante la ternura. Su vínculo afectivo con las tres niñas, (que además son huérfanas), es lo que lo salva de la amargura.
Y con El Juez, bueno... Hay que verle los ojos a Robert Downey Jr. cada que discute con su padre. Durante toda la película recibe un sartenazo tras otro como si fuera el primero: siempre se regresa al punto de la historia donde todo se torció entre ellos dos. No es algo menor lo que provoca la fractura, sin embargo, para un hijo de la cloaca siempre queda la pregunta ¿Y si las cosas hubieran sido al revés, el rencor sería para el otro hermano?
En mi caso (y salvando la distancia) por alguna razón, mi madre siempre presupone que si algo desapareció o no se hizo, la responsable soy yo. Por el contrario, cuando algo se hizo bien, seguramente alguien más tuvo la iniciativa... Se esfuerza para no hacerlo, pero el inconsciente la traiciona.
De esta forma, si el Juez Palmer basa su rencor hacia Hank, en el hecho de que cambió la fortuna de su hermano, ese destino era un volado, algo incierto y no comprobable. Por eso se convierte en la historia de un hijo de la cloaca, porque la distancia entre ellos tiene que ver con esas cosas muy íntimas que se da entre padres e hijos de manera natural, biológica o química (no tengo nombre científico para esas desavenencias), no por un sólo hecho específico.
En ambas películas, los protagonistas logran reconciliarse con su condición de hijos de la cloaca cuando encaran la situación y dejan de arrastrar el pasado. Cuando dejan de ver al otro como un contrincante a quien deben ganar en el juego absurdo de "A que me quieres" v.s. "A que no". Absurdo por que el cariño se siente o no. La cantidad, cualidad y calidad del mismo no siempre depende del objeto o persona que recibe el afecto, sino de quien lo siente. Por supuesto, ninguna de las dos películas pretenden ser recetas o moralejas de cómo dejar de ser un hijo de la cloaca. Se trata del proceso específico de cada personaje que consigue ponerse en paz con la vida.
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