25 de julio de 2012

Llamita peruana

El alma de un circo son los payasos. Puede haber  números más espectaculares, pero si los payasos son buenos, tienes la mitad del espectáculo resuelto. En cambio, si un payaso de circo se confunde y hace show de payaso de fiesta infantil  sin código ético, entonces el circo está prácticamente frito.

Una de las cosas que puede entristecerme mucho, es un circo pobre. Pobre en recursos  humanos, más que materiales. Hoy fui al circo Hermanos Corona con un espectáculo armado con 8 personas. Creo que había la misma cantidad de cirqueros que de staff.

Los payasos hicieron reir a la mitad del público burlándose e insultando a  la otra mitad y se valieron de un albur bastante barato para provocar risas fáciles. El ballet del circo, lo componían 2 mujeres rellenitas y 2 más delgadas pero con menos gracia en sus movimientos que sus compañeras; había además, un niño que hacía suertes con unas canicas al ritmo de la música (disculpen mi ignorancia, no sé cómo se llama ese tipo de baile) y un hombre que hacía las veces de apache y un número de danza aérea.

Hubo una sola llamita peruana rechonchita que tras dar tres vueltas al ruedo, subió un escalón 4 veces y por último, postró sus patas delanteras en el  suelo dando por terminada su participación.


Si el teatro requiere de la energía del público para nutrirse durante la función, un circo quema el doble de esa energía porque la interacción debe ser inmediata. El artista de un circo  debe preparar el escenario para el siguiente número y el espectáculo debe ir siempre de menos a más; no se puede perder la atención del espectador. Uno puede irse a casa preguntándose si Willy Loman hizo lo correcto al suicidarse; si Yocasta es tan responsable como Edipo del incesto, pero en un circo no hay tarea que llevarte a tu casa, hay un ping pong de energía que se quema ahí mismo o el objetivo no se cumplió.

Y por supuesto que es difícil lanzarse al ruedo y hacer  que entre en calor esa gente que quiza viene del trabajo o de un pesado día  de vacaciones con los niños en casa. Gente que está esperando que lo diviertas por haber pagado un boleto en taquilla. Gente que acostumbra encender el televisor y cambiar de canal hasta  encontrar algo de su agrado. Gente que no tiene en mente pararse a completar la función.

Estos lugares que están hechos para congregar gente, se sienten tan desangelados con unas decenas de personas dispersas entre las sillas y las gradas. Entre los que pagaron sillas acojinadas de primera fila y los que pagaron un lugar en la grada.  Con vendedores que pasan y repasan tu lugar   ofreciéndote chicharrones y palomitas aceitosas; unas pequeñas manzanas acarameladas y varitas en colores neón.

Qué trabajo más  difícil para las bailarinas el sonreir  con fajas y gruesas medias bajo los ajustados leotardos, qué esfuerzo tratar de disimular el miedo de que te ensarten un cuchillo en el número del apache; qué vergonzoso salir con media botarga de las Monster High a bailar una coreografía descoordinada.

Vi ocho personas dobleteando y hasta tripleteando número. Muchas risas, pero pocos aplausos. Vi una pareja como con seis hijos en escalerita; una familia con sus mejores galas, unos novios rockers; otra pareja madura. Por alguna razón pagamos por estar  ahí y no en casa o en el cine.   

Quizá a pesar de todo, guardamos una llamita de fe en lo que puede generar el hombre con su cuerpo y su ingenio. Quizá, apesar de la tecnología, seguimos apostándole a lo  vital, efímero e inexacto quehacer del hombre.


 




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